¿O tendrá que ser necesario que algún fenómeno natural, social o económico se presente para desnudar la necesidad que tenemos de educar a nuestros gobernantes? Así concluimos el Breviario del lunes pasado.
Tres días después la tranquilidad y el control que algunos presumían se esfumó brutalmente. Yucatán, luego de las doce decapitaciones del jueves, ya no volverá a ser el mismo. Y lo decimos, aunque aclaren parcial o completamente este cruento episodio que a todas luces busca causar zozobra.
Todo el andamiaje que pretende colocar incluso los sueños al alcance de la mano se cimbró de un plumazo.
Con rango de fenómeno social, la irrupción de Yucatán en las grandes ligas del crimen es un mensaje con varios destinatarios, en especial cinco: Primero. Ivonne Ortega Pacheco y su grupo, tan afectos a navegar en la espuma de los problemas y la realidad, reciben una advertencia de que la tarea de gobernar no es cosa de juego.
Junto con ellos, también navega el gobierno federal, que el mismo jueves había mandado a Mérida a uno de sus altos mandos a presidir una discreta reunión sobre seguridad... Qué coincidencia.
Esos 12 cuerpos sin cabeza los obligan a revisar su forma de abordar no sólo aspectos como la seguridad, sino su comportamiento general como gobernantes.
Templanza, visión, apertura y auténtico compromiso de servicio se reevalúan en momentos como este. En cambio, pierden los partidarios del superficialismo, la complicidad y la dependencia casi absoluta de fortalezas externas.
Tienen que entender el mensaje del crimen, terminar con las luchas de fuerzas, dejar de hablar de hechos aislados cuando hay eslabones sueltos de la cadena por todos lados, optar por sumarse a los planes serios vengan de donde vengan, revisar fortalezas y debilidades, y reconocer lo endeble que resulta una policía sobreestimulada pero muy mal pagada y, por tanto, vulnerable.
¿Acaso existirá alguien que considere que el gobierno y su policía pueden, así como son, poner las cosas en su lugar? ¿No hay suficientes indicios para gritar que si no sumamos fuerzas nadie podrá detener al monstruo? Desde su fragilidad sociopolítica también tendrán que aceptar que la lucha por recuperar la tranquilidad parte fundamentalmente de programas de empleo bien remunerados, de planes educativos con futuro y de alentar una auténtica participación ciudadana.
El otro camino que les queda es plegarse a los caprichos del crimen, ceder la plaza y seguir tratando de aparentar lo que el jueves, en Chichí Suárez, quedó de manifiesto que no existe.
Segundo. La sociedad yucateca. Las instituciones y grupos sociales reciben una advertencia clara con ese acto de barbarie: ¡Despierten, no existe el paraíso terrenal, tampoco la “temporada” perpetua ni el estado que no se parece a ningún otro! Y también el estruendo de un “¡Podemos hacer lo que queremos!”.
Ese desafío lleno de tatuajes nos debe recordar que si queremos algo hay que luchar por conseguirlo y defenderlo. Y no como parte de una guerra sino de una estrategia socio-económica.
El dinero fácil es el mejor aliado de sociedades entregadas a los antivalores. Creer que nunca nos quemaremos pese a que todos los días encendemos fogatas. Considerar que la ostentación y el desenfreno lo pagarán otros y nunca nosotros. Pensar que siempre seremos lo suficientemente astutos para transar en vez de responder por lo que hacemos y dejamos de hacer. Soñar que podremos vivir en el día a día desafiando al mundo entero con alardes y componendas. Creer todo eso es el mejor escenario para los que apuestan a la incertidumbre que Yucatán entero vivió el jueves y viernes pasados al enterarse de lo ocurrido aquí en Mérida.
La sociedad y sus instituciones, con escuelas e iglesias por delante, tienen que bajar de su nube, armarse de valor y ponerse a armar los diques y caminos que conducen a un desarrollo sustentable. Si apostamos a formar y tener dirigentes de cuarta, irremediablemente terminaremos en un Yucatán de quinta.
Y para evitarlo no basta con organizar marchas y uno que otro pataleo. La fórmula es más sencilla de lo que parece: apostarle a la justicia y la verdad todos los días y en todos los escenarios.
Tercero. El aparato oficial de justicia. Aunque en otro momento lo vincularíamos a lo que se considera el equipo de seguridad, hoy damos al Poder Judicial una importancia singular. Hay que ser honestos y aceptar que los yucatecos no tenemos la policía investigadora, los tribunales ni los reclusorios que necesitamos. La impunidad y la corrupción lastiman.
No nos inspiran confianza para recurrir a ellos en momentos que resultan vitales para nuestras familias.
Ojalá lo admitan desde su nueva autonomía los funcionarios perpetuos y los ministerios públicos ensoberbecidos en su cuota de poder.
Si no lo hacen, los decapitados de Chichí seguramente los exhibirán muy pronto en una inferioridad que involucra cuestiones personales, técnicas, económicas y profesionales.
Nadie quiere festinar la superioridad del crimen organizado. Sería suicida. Pero sí creemos que es hora de que en los escenarios que nos toca vivir todos los involucrados hagamos un examen de conciencia, y partiendo de la realidad emprendamos las correcciones y tareas necesarias para darle a la sociedad el futuro que se merece.
Solo, nadie saldrá de este atolladero. Ningún grupo o sector es capaz de enfrentar en solitario tamaño reto. Defender un rincón de un barco que se hunde es tan inútil como seguir cerrando los ojos ante una evidente descomposición social.
Judiciales, jueces, magistrados y demás elementos del sector justicia son también destinatarios de los mensajes de Chichí. ¿Los entenderán? Cuarto. Los medios de información también figuran en la lista de destinatarios de este mensaje que busca infundir miedo, temor en todos los sectores. Si se limitan a tratar de ser simples empresas, también tendrán su cuarto de hora para pagar el olvido que representa menospreciar el compromiso social que tienen.
No son simples espejos ni retransmisores. Sin atribuirse el papel de Quijotes, los buenos medios de comunicación deben seguir luchando por difundir información socialmente útil y herramientas de entretenimiento sano.
Ya no basta con pregonar valores. Urge estimular la práctica de las virtudes. No es suficiente ofrecer espacios tanto a lo bueno como a lo malo. Hay que ayudar a diferenciarlos, aunque eso nos cueste y coloque ante el riesgo de revivir paternalismos.
Estamos seguros de que en los buenos medios de información hay inteligencia y recursos para hacer frente a ese reto. Constituir empresas rentables y con futuro no está reñido con el compromiso social de participar en la formación de mejores sociedades.La exhibición de las bajezas humanas, el festín de imágenes y letras que hacen algunos por el revés de la ética y la anarquía que se propicia al colocar en la misma pecera a pirañas y truchas tienen que recibir cumplida respuesta de una sociedad que le debe apostar al futuro y no sólo al escándalo mercantilista.Sin olvidar que los medios son simples medios y que en nosotros ciudadanos-consumidores radica el principal compromiso de hacer o dejar de hacer, los profesionales de la comunicación también tienen una responsabilidad muy importante en la construcción o destrucción de nuestro mundo.
Quinto. Los partidos políticos no son víctimas sino destinatarios de estos gritos del bajo mundo.La casta que forman tiene que entender que si no hace pronto lo que debe hacer surgirá una ola tan grande que acabará arrollándola.
Beneficiados en la crisis que padece la mayoría y para muchos simples operadores de intereses inconfensables, los partidos tienen que abrir los ojos y asumir el papel que les corresponde.
Urge sentar las bases para que las instituciones funcionen con autonomía y oportunidad. Llegó el momento de que piensen en la sociedad y no sólo en su conveniencia. Se impone que actúen como representantes y no como protectores de situaciones tan irregulares como las que ahora desnuda el poderío del crimen organizado.
Ya en otras latitudes los partidos se han convertido en simples agencias del bajo mundo. Ojalá en México los montones de cuerpos ensangrentados hagan despertar las conciencias de los políticos que hoy tanto nos deben. Ojalá que no sea tarde.
Chichí Suárez era un sitio perdido y condenado al olvido en el oriente de Mérida. Hoy puede pasar a ser el punto de partida de un an- siado amanecer.
Cascabel Con los cumpleaños cayeron los interrogatorios: ¿Cómo nos ven, viejos o jóvenes? La respuesta es una auténtica prueba de amor: “No entiendo la pregunta”.— Publicado 01/09/2008 en Diario de Yucatán. Mérida.
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