octubre 19, 2008

La tormenta política perfecta

En Yucatán nos aproximamos a un fin de año político muy distinto a los que vivimos en por lo menos el último decenio.Si hay que definir sin muchos preámbulos el panorama podríamos decir que una intoxicación nos está robando la esperanza democrática.El rápido descarte de opciones, la ausencia de auténticos liderazgos emergentes y la mercantilización de la política nos tiene aturdidos o encandilados.No hay duda de que en Yucatán hemos vivido un cambio de centro de poder. Y no necesariamente para mejorar.El gran problema radica en que la trivialización que envuelve la actuación oficial de la nueva ola priista tiene en la saturación social a su mejor aliado. El hasta hoy indiscutible éxito de una “chava buena onda” que gobierna para lucirse es producto de otras muchas cosas, además de los méritos que quieran atribuirle a Ivonne Ortega Pacheco y su grupo.Hoy el yucateco está saturado de tanta “grilla” y, con tal de creer que está escapando de su laberinto, parece capaz no sólo de cerrar ojos, boca y oídos y aceptar experimentos incluso locuaces, sino también de olvidar recetas de probado éxito en la colocación de la sociedad y el ciudadano como auténticos ejes de la vida política y democrática.No hay que ser catastrofistas para llegar a esa conclusión. Basta ser realista y echar una mirada a las barajas que podría usar la oposición en las próximas elecciones federales de 2009 y locales de 2010 para pronosticar dos tormentas:La primera, relacionada con la entronización de la burocracia partidista en la escala electoral. Pese a que en recientísimas alternancias rechazamos proyectos de uno (PRI) y otro color (PAN), beneficiarios de esas mismas élites rechazadas parece que seguirán monopolizando candidaturas y decisiones.Y la segunda, vinculada con la consolidación del grupo que hoy se aprovecha de la docilidad y el repunte de casi todo lo que huele a priismo. Y hasta ahora, pese a las luces de esperanza que se divisaban a mediados de 2007, esta nueva camada carece de tantas cosas, pero también tiene una suerte endiablada.Las calificamos de tormentas porque no dejan ver nada bueno. Además, el entorno es propicio para que nos golpeen como huracanes. Cansados de advertencias, preparativos y simulacros, los elementos que deberían ayudar a prevenir no actúan como antaño; la información sobre las consecuencias es polvo frente a las rocas que forman las imágenes de fantasía y el espectáculo lleno de espejos y humo.Tomemos como ejemplo la auténtica borrachera oficial que vivió Yucatán a raíz del show de Plácido Domingo en Chichén Itzá la noche del sábado 4 de octubre pasado. Hagamos cuentas con todo el tiempo, dinero, esfuerzo, atención y espacio que le dedicaron y seguramente el balance socioeconómico será muy preocupante.El lamentable triunfo de la frivolidad oficial es apabullante.Basta observar qué tipo de bienvenida se le dio al cantante. Las crónicas hablan de todo o casi todo un gabinete haciendo valla en un aeropuerto en desuso, pero pomposamente reinaugurado.¿Qué habrá pensado el artista y su equipo al observar tal despliegue y tanto derroche? ¿Estamos en Yucatán o aterrizamos en Disney World? ¿Y toda esta gente no tendrá nada mejor que hacer en un estado con tantas necesidades? ¿La realidad social permite que un jueves, un viernes y un sábado tantos y tanto le dieran a un espectáculo la connotación de casi casi estar en los umbrales del paraíso terrenal?Precisemos, por aquello delos mal pensados, que no estamos contra un espectáculoturístico-cultural como elde Chichén. El asunto está en saber darle a cada cosa su lugar y en el manejo sociopolítico que permita mantenernos adormilados cívicamente.Como sociedad debemos ver con suma preocupación cualquier estilo de gobernar —por muy jacarandoso que parezca— que distorsione las prioridades que imponen nuestro subdesarrollo y la inequidad de oportunidades en que vivimos.Por racimos aparecen en la historia los gobernantes que rodeados de aplaudidores y festejos cayeron por olvidar que, irremediablemente, verdad sólo hay una.Cuando un gobernante no tiene claro qué es el servicio público y cómo debe funcionar un gobierno, se cae en la tentación de adueñarse del poder recurriendo a cualquier cosa y justificando incluso lo injustificable.Y si a eso le sumamos que las alternativas resultan igual de preocupantes, entonces tendremos que reconocer que si no hacemos algo estamos muy cerca de empezar a sentir los efectos de lo que sería una tormenta política perfecta.Nadie en su sano juicio pide reacciones desproporcionadas sino cuando menos cobrar conciencia del terreno que pisamos y los espacios que estamos entregando. Es de sentido común localizar cuanto antes contrapesos y estimular las manifestaciones que inviten a no olvidar las referencias generales que debe observar un buen gobierno.El silencio ante los excesos, la complicidad interesada o con altas dosis de cobardía, y el conformismo que alienta el dejar ser y dejar pasar, mientras no me arrollen, son tan censurables como la actuación de los gobernantes que cohabitan con la mercadotecnia olvidando que en el despeñadero los espejos y antifaces también terminan siendo añicos.Sí, nos aproximamos a un fin de año muy distinto a los últimos en materia política.La primera gran diferencia es que carecemos de la variedad de barajas y opciones que teníamos en el panorama electoral.La segunda es el tornado de la resignación que parece envolver a muchos y permite que la mediocridad parezca lo que no es y pueda incluso aspirar a más.Otra, la tercera, es la indiferencia con que actúa el gobierno ante los evidentes descalabros que sufre su congruencia en varios importantes campos.La cuarta es el ambiente de temor que siembra la inseguridad y que irrumpe como un nuevo elemento electoral. Contamina y envenena tanto que da miedo imaginar hasta dónde puede llegar esta sombra.Para no extendernos mucho, limitemos a cinco las diferencias. La última sería la crisis económica que se ensañará con los que menos tienen y menos reciben. Ante el desempleo que se agudizará con el freno en la emigración, la misma recesión y la falta de capacidad y formación académica se requiere de un perfil de gobernante que parece estamos lejos de encontrar.No es la primera vez que lo exponemos: reconocer dónde estamos, con quién estamos y qué necesitamos es un buen primer paso para enfrentar la vida.CascabelHay tantos vacíos, inconsistencias, peligros, escondites, incongruencias y variables en los planes del tren bala, que guardar silencio será un pecado mortal.— Mérida, Yucatán.

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